Con 87 uno no se siente igual. Las caminatas se hacen más largas, las escaleras más pesadas y la báscula más flexible. Dejó de ser “graciosa” la pancita que en algún momento llegué a considerar “sexy”.
Los “amigos” no pudieron ser más contundentes: “ya se te nota un poco más”, “Tú no haces ejercicio ¿verdad?” o “Comes siempre en la calle, ¿verdad?”. Formas elípticas de confirmar la obesidad de una persona.
El día del juicio llegó. La playa, el lugar en el que tengo la sensación de pertenencia más fuerte, comenzaba a significar “un poco de pena”. Nada grave al principio, pero cuando alguien crece en una sociedad inmersa en la cultura del “lucir bien”, con ejemplares como Brad Pitt o Jud Law que, de entrada, hacen sentir al resto de los mortales como hijos de Michael Moore o Héctor Lechuga, no queda más que refugiarse en el complejo anoréxico “siempre que me veo en el espejo, me veo gordo”.
Y así surgen las opiniones acerca de las “formulas para adelgazar”. Comer menos es algo que ya descarté. Son tan pocos los incentivos en este país para que, cuando pides algo lo hagas de forma racionada, que es una alternativa que no nos funciona a quienes carecemos de fuerza de voluntad.
Últimamente la panza se convirtió en todo un tema. No solo se colocó como un estorbo institucionalizado, sino que comenzó a crecer llegado a la incomodidad, ya no digamos estética sino física. Una amiga de la oficina me habló de los efectos que, en su cuerpo, tuvo una dieta, calificándola de “buenísima” y concluyendo con un “.. y no he vuelto a subir”. Aprendí que “el rebote” es otra de las discusiones que se da entre los gorditos. -Es la de los tres días, mejor conocida como la del helado de vainilla – me dijo.
La dieta consiste en un menú muy específico, bastante frugal a mi juicio, que debes seguir puntualmente durante tres días. El desayuno es de media toronja, un pan tostado y una cucharada y media de mantequilla de cacahuate. El truco es no comer mucho y hacerlo de forma equilibrada. Para la comida hay 100 gramos de carne, una taza de ejotes y otra de betabel, una manzana y claro, tu helado de vainilla, que termina siendo un oasis maravilloso. Para la noche yo estaba mordiendo la taza de café. Eso sí, tomé café como contratado y agua que bueno, me sentía tinaco de edificio multifamiliar.
Bajo la premisa de que “son sólo tres días y el resto de la semana puedes comer lo que sea” uno se anima. Han pasado cinco semanas. He bajado 5 kilos. La profecía de que bajaría dos a la semana no se cumplió. Quizá porque el resto de la semana busco desaforadamente compensar todos los momentos en que me sentí reprimido frente a las fritangas, rompiendo con las letras chiquitas que señalaban –casi sigilosamente- “con moderación”. La moderación no es algo que me acompañe normalmente. Mi madre me lo hacía ver cuando llegaba incróspito de fiesta “Alfonso tú no tienes llenadera”. Me doy cuenta de que no he cambiado mucho. Persisten
Los efectos
La primer semana se siente uno mareado, salí el primer día a una fiesta en la que no comí nada, tomé agua mineral y fume un montón. No sentí mucha hambre. A las 11pm tuve que pedir una silla porque me sentía medio mareado. Fue la dieta! –dijo una amiga - las drogas – dijeron el resto - . No estoy seguro, pero la mala combinación me afectó. A pesar de eso, sobreviví.
De la segunda a la cuarta semana logré controlar mi ímpetu taquero. Como reflejo pavloviano, pasaba junto a unos tacos al pastor y comenzaba a salivar casi de manera inconsciente. Al final de la cuarta el desorden me ganó y no conseguí comprar todo lo que necesitaba. El segundo día, a cuya cena correspondía una taza de queso cotage y cinco galletas habaneras, llegué a horas impropias y encontré el refrigerador vacío. Mierda!! Olvidé comprar el queso. Decidí cancelarla y cenar “como dios manda”.
A la siguiente semana retomé el ritmo. Con el trabajo que me costó, debería guardar la compostura los siguientes cuatro días. Pero se atraviesa un viaje a Tampico y difícilmente podré resistirme a las bondades de las jaibas rellenas, ceviche o tortas de la barda. Y así el lunes tendré suficientes culpas para retomar la preocupación estética.
De todos modos te queremos. Creo que un hombre de tu talente debería estar menos preocupado por esa pancita que tanto dinero ha costado y que, además, da un toque de discreta sensualidad a tu perfil.